Un cierto toque de color en las mejillas da luz y vida al rostro. El mejor aliado para conseguirlo es el rubor, especialmente en invierno que es cuando la piel luce más pálida. Es fundamental elegirlo según el tono del cutis y, también, hay que tener en cuenta la forma correcta de colocarlo. Los tonos de esta temporada vienen más claros que años anteriores. Se usan los rosados para las pieles amaríllentas, los terracotas o anaranjados para las pieles cenizas y los amarronados para las muy blancas o muy bronceadas. Para evitar manchones o acumulación de rubor en determinadas zonas de la cara, se recomienda esfumar bien el color en forma pareja. Lo mejor es valerse de una brocha bien gorda y esparcir, después, con un pedacito de papel tisú si elector quedó muy intenso. Un detalle importante es tener la precaución de sacudir bien la brocha después de cargarla con el rubor y antes de colocar el producto sobre la cara. Esto evita los antiestéticos manchones y no arruinar el maquillaje. Para colocar el rubor correctamente, se traza una línea imaginaria desde el centro del ojo hada abajo, y otra desde la nariz hacia afuera. En el punto en que se cruzan, se apoya la brocha y se aplica el rubor, bordeando el pómulo, con ligeros movimientos ascendentes. Además de estas indicaciones generales, la aplicación también depende de la forma de cada rostro.
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